La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo (Mariana Enríquez)

la hermana menorTodo retrato empieza con un boceto. Toda vida se inicia en la infancia. Enríquez toma impulso desde este paralelismo y comienza la biografía de Silvina Ocampo con apenas unos trazos de su niñez, pinceladas esenciales del que será el retrato acabado. «Silvina es secreta».

El secreto en Silvina Ocampo, lo que ocultaba, articula esta biografía escrita por la dueña de lo fantástico en las letras argentinas. Sobre estos trazos inacabados de su personalidad construye Enríquez el recuerdo perdurable de una de las escritoras más singulares del siglo XX. Casada con Adolfo Bioy Casares y amiga cercana de Borges, su obra y su vida fueron un continúo extrañamiento. Se sabía diferente. Quizá por eso, porque la sombra de Bioy y de Borges era demasiado tupida, y también porque tuvo la desgracia de nacer en una familia de la alta sociedad bonaerense, no caló su obra. Nunca le interesó lo que a los demás, porque sus ojos no veían lo que los demás. Era extraña, era diferente o quizá excéntrica, pero con un gusto exquisito; derrochaba delicadeza y fantasía, hasta para lo crudo y descarnado. Fue poeta, pintora y cuentista y sus poemas, dibujos y relatos fueron tan únicos como lo era ella misma.

“[…] una mañana, seis y media, me llama por teléfono y me dice: ‘¿Te desperté?’. Claro que me había despertado. ‘No, le dije, no me despertaste.’ ‘¿Estás solo?’ ‘Sí, estoy solo.’ ‘¿Seguro?’ ‘Sí.’ Silencio. Me dice: ‘Ay, oigo como una respiración de león al lado tuyo’. ‘Ah, claro, le digo, lo que pasa es que hay dos camitas y una persona se quedó a dormir y ronca un poco.’ Silencio. ‘¿Yo conozco a esa persona?’ ‘No, no la conocés.’ ‘¿Qué sexo tiene?’, me pregunta. Y le contesto: ‘Silvina, ¿cómo suponés que a una persona que se queda a dormir en mi casa le voy a preguntar el sexo? Es una descortesía’. Y escucho un aullido de placer ante esa respuesta”.

«La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo» es un desván de entrevistas, cartas y escritos de sus contemporáneos. Partes viejas de un todo renovado, que sirven a Enríquez para construir una vida. Y lo hace de forma completa, no olvida siquiera lo que sólo se dijo, ni tampoco los rumores, ni los gestos. Su personalidad, sus amores y su obra brillan tras quitarles el polvo. Enríquez lo ordena todo, le da fluidez y sentido, arma la pieza, y Silvina, aunque sigue escondiéndose como cuando era una niña, aflora. Sus cuentos y sus poemas elevan la voz tras explicarse el momento en que fueron escritos. Su mensaje se traduce a nuestro idioma al conocer la relación de Silvina con su hermana mayor Victoria Ocampo, editora implacable de la revista Sur; o con su marido, el guapo Bioy Casares; o incluso con el erudito y condescendiente Borges. Ahora sabemos más. Y aunque en su vida personal fue discreta, todo lo que lo puede ser un loco o un excéntrico, una vela en aquel desván difumina la oscuridad y deja entrever algunas sombras. “No soy sociable. Soy íntima”, decía.

En Silvina el amor era el secreto. También en esto fue extraña. Al menos distinta. «Solo quiero que me quieran» testifica Enríquez. Pero su forma de amar, y de que la amasen, también era propia de un universo distinto. Lo perdonó todo al aristocrático e intelectual Bioy. Lo amaba por encima de todas sus fantasías, de su personalidad inquietante. Parece no existir duda de esto y de que su fragilidad era sólo aparente, superficial. Quienes se acercaron un poco más vieron cambiar su mirada y diluirse su media sonrisa. Percibieron el pedernal de que estaban formadas sus convicciones.

Era inevitable que Enríquez, acostumbrada a lo fantástico, a lo desconocido e inquietante, buscara a Silvina. Estaban destinadas a conocerse. Enríquez ha dicho en alguna entrevista que su mayor influencia siempre ha sido Stephen King. Pero también que un escritor a veces no se percata de otras influencias subterráneas que les alcanzan sólo inconscientemente. «La hermana menor» es la crónica de su encuentro en el subsuelo; es lo que vio detrás de las fotos en que Silvina nos retaba a adivinarla. Gracias a ese «encuentro en el más allá», la pequeña Ocampo, la hermana menor, la fantástica, ocupa hoy su lugar. El que siempre le correspondió.

Félix.

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Las cosas que perdimos en el fuego (Mariana Enriquez)

Grlas cosas que perdimos en el fuegoacias a una reseña que leí en el último número de la revista Mercurio encontré a Mariana Enriquez. ¡Qué suerte! A veces buscar oro me produce estos beneficios. La reseña era sobre su última obra, una biografía de Silvina Ocampo, esposa de Adolfo Bioy Casares y, por tanto, amiga de Jorge Luis Borges, titulada “La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo”. El título y el tema me atrajo de inmediato, seguramente porque he leído hace poco la última obra de Monika Zgustova, “La intrusa. Retrato íntimo de Gala Dalí”, y todavía tengo en la boca el regusto de la admiración que Zgustova transmite entre líneas en su obra.

Lo apunté en mi lista de libros por leer (en Goodreads), y busqué por internet algo más sobre Mariana Enriquez; descubrí su pasión por lo fantástico, por las historias de terror; me interesó; no he leído mucho género fantástico y pensé que una escritora en castellano, aunque con ese deje cautivador propio de los argentinos, podía ser un buen comienzo para iniciarme en el género. Al día siguiente me hice con una de sus novelas “Las cosas que perdimos en el fuego”.

Por eso, cuando de verdad las mujeres empezaron a quemarse, nadie les creyó, pensaba Silvina mientras esperaba el colectivo […]. Creían que estaban protegiendo a sus hombres, que todavía les tenían miedo, que estaban shockeadas y no podían decir la verdad; costó mucho concebir las hogueras.

Es una colección de relatos fantásticos, pero no sólo eso. La fantasía y el terror adornan a los personajes y explican el desenlace, pero las tramas tienen un marcado corte social y describen una ciudad —Buenos Aires— en peligro constante, con habitantes atemorizados que, sólo por vivir, deben hacer gala de una valentía que desde aquí, desde Europa, nos parece (me parece), heróica. Es el género fantástico llevado un poco más allá: relatos de terror que suceden en una realidad igualmente terrorífica.

La construcción de personajes, la descripción de los lugares, la atmósfera, es magistral; y es tal la potencia narrativa que cuando terminas de leer cada relato no sólo ese personaje maligno o misterioso, o esas circunstancias inexplicables, se imprimen en tu recuerdo, sino toda la historia, el alma de lo ocurrido y de quienes lo han vivido.

Sucesos relativos a la magia, lo oculto la monstruosidad de lo inexplicable, transitan por La Villa, o por La Avenida, al lado de gente normal, unos más pobres que otros, pero todos unidos por ese temor constante a que el desecho los alcance. Parece que el niño monstruo o la mansión encantada sólo pudieran encontrarse en esos lugares donde la realidad supera la ficción, donde se está siempre al borde del abismo. Si la humanidad se ha desviado de su camino y nuestros principios y condición arden en la hoguera, es ahí donde los espíritus y la magia encuentran la grieta para entrar en nuestro mundo. Mariana parece haberse dado cuenta. Sólo si se han visto esos monstruos, si se ha reunido en la niñez el valor necesario para mirar dentro del armario, se puede contar algo así de la manera en que ella lo hace.

Adela no había salido de la habitación de los estantes. Nos saludó con la mano derecha, parada junto a una puerta. después giró, abrió la puerta que estaba a su lado y la cerró detrás de ella. Mi hermano corrío, pero cuando llegó a la puerta, ya no pudo abrirla.

Si alguna vez me encuentro con esta escritora, le preguntaré cómo hace para alejar los miedos, y si la literatura, y la reflexión son su secreto. ¿O hace falta vivir en Buenos Aires para tratar al Terror de tú a tú?

De todos los relatos, me quedo con tres. “La casa de Adela”, “El chico sucio” y “El patio del vecino”. En todos ellos el elemento fantástico o terrorífico se personifica en un niño o en lo que le sucede, y eso les imprime ese “algo” de realismo que es necesario para plantear una duda razonable. Todos sabemos que los niños les pasan cosas raras; ven lo que los adultos no vemos; sienten distinto y lo fantástico, lo oculto, no les extraña. A veces señalan una puerta como si acabara de entrar alguien, y te miran sorprendidos de que tú no lo veas. Adela, el chico sucio, o el chico del patio del vecino son reales en la mente de un niño. Y Mariana consigue recordar algo que los demás hemos olvidado: que en algún momento de nuestra infancia todos vimos un fantasma.

Félix.