La mujer silenciosa (Monika Zgustova)

Reseña publicada primero en Zenda.

Felix Gutierrez.

He vuelto a cerrar los ojos para escribir esta reseña; necesitaba estar otra vez en Malá Strana, sentir de nuevo el invierno, escuchar una vez más el Nocturno en mi bemol de Chopin. También lo hice cuando leí tu historia, Sylva. Tu dolor y tus silencios me obligaron a hacerlo.

Que gran libro es el que te impone la necesidad de estar dentro de la historia por unos segundos. Cerré los ojos muchas veces mientras leía tus recuerdos, y conseguí estar detrás tuyo mientras esperabas en aquella estación. Pude observaros, cerca de esa columna donde habíais quedado en veros, aunque nadie se percatara de ello.

En esos instantes de oscuridad, de evocación, reconocí tus miedos, tus lagrimas, incluso las que, ya endurecida, no llegaste a derramar. Miré por tus ojos desde el Puente de Carlos hacia el rio Moldava y fui sensible a tus silencios. Escuché mientras tus alumnos tocaban Chopin, Janacek, Dvořák. Tu banda sonora. La que te acompañó durante una vida en continua caída, sonando en un piano que cada vez tenía menos espacio para sonar. La música que sustituía las palabras y que reafirmaba tus silencios, más enérgicos cuando eras una joven aristócrata, más suaves e indecisos cuando ya eras una anciana despojada de todo; cuando ya sólo vivías para recordar a Andrei, tu amor, y a Jan, tu hijo.

Intenté descifrar la parte de la historia que callaste y comprendí que sólo intentabas mimetizarte, para salvar a quienes amabas. No te lo pudiste perdonar. Eso marcó tu vida, eso y tu piano; eso y tus renuncias. Mientras, el paisaje se resquebrajaba, y la sinrazón quería tenerte en su bando. Si fue la decisión correcta o no es una pregunta sin importancia hoy. Fuera cual fuera la respuesta la tomaste sola, la viviste sola. Esa fue tu condena por haber nacido entre armaduras y muebles de caoba. Por haber tomado clases de piano. Por haberte visto forzada a decidir lo que en realidad la vida te imponía.

Tu amor por Andrei y la renuncia a volver a ver a tu hijo Jan, son el dolor que mece tu historia.

Jan es la imagen del exilio, de los que tuvieron que huir condenados a llevar una vida sin raíces, sin tierra, sin un hogar al que llegar cada noche. Cuando lo lean, Sylva, cuando escuchen a Jan impotente por la lejanía, desubicado, obligado también a adaptarse a regañadientes a lo que la vida le impone, todos comprenderán su nostalgia. La de Jan. Y también la tuya. Se darán cuenta de lo que es llevar una vida en perpetua evocación, sólo para tenerlo más cerca.

Andrei es el amor, imparable, inasible, sorprendente. Pintor y poeta. Elegido por los sumerios para responder a los incultos, a los que le consideraron loco por ser el más valiente de los artistas. Elegido por ti por ser el hombre que llenaba tus silencios. Por ser coherente. Por someterse a tu amor sin condiciones, y aceptar que lo apartaras por capricho, o quizá por seguir siendo tu misma, cuando aún quedaba en ti algo de aquella frialdad aristocrática.

El dolor. El amor. La esperanza. Todo cambiante. Es tan real, tan universal, que me resisto a pensar que seas sólo un personaje. No puedo creer que sólo seas letras impresas en las páginas de este libro. Yo te he visto. Existes en muchas mujeres que también tuvieron que renegar una y mil veces porque eran madres, porque eran mujeres y estaba en su condición seguir, ir más allá.

El mundo esta lleno de mujeres silenciosas. También de mujeres silenciadas. El silencio por filosofía o por necesidad, por carácter o por inteligencia, por imposición o por miedo. Tu vida no lo será nunca más; tu historia ha sido contada, gritada a todo el que quiera escucharla. Ya no se disolverá en el éter, como si no hubieras existido. Tu historia, la de Andrei, la de Jan serán cimiento de lo que hoy somos, de lo que queremos llegar a ser.

Este libro es tu vida, en el espacio y en el tiempo. El resumen de las decisiones que marcaron tu camino y el paisaje que viste al andarlo, hasta el último recodo, donde tomaste la decisión más difícil. La única que te salvaba. La que definió desde entonces y para siempre lo que de ti recordaremos.

Félix.

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Montaigne (Stephan Zweig)

Publicado como “Montaigne. Grietas en la Ciudadela” en Zenda.

Stephan Zweig dedicó su vida a difundir un ideal de libertad y tolerancia que no encajaba con el fanatismo que se adueñaba de Europa en el periodo de entreguerras. Judío y austríaco, escribió desde el dolor, con un corazón cada vez más gastado por la persecución y la amenaza constante. Su obra se ha convertido en un testimonio inspirador y sus biografías, sobre personajes tan universales como él mismo, constituyen su más precioso legado.

montaigne caratulaEntre ellas, Montaigne, adquiere especial relevancia. Zweig no la había terminado cuando se suicidó junto a su segunda esposa Charlotte Elisabeth Altmann el 23 de febrero de 1942. Su condición de obra incompleta, lejos de restarle valor, la hacen aún más inquietante. Nos permite intuir el proceso creativo de Zweig y entender el momento emocional tan difícil que estaba pasando mientras profundizaba en la vida y en la obra del célebre autor de los Ensayos.

Es imposible leer esta obra y permanecer ajeno a la impronta que el pensamiento de Montaigne dejó en Zweig. El francés defendió a ultranza la libertad individual como elemento esencial y definidor de la condición humana. Toda su vida la empleó en el estudio del Hombre, en general, y en la búsqueda de su propia posición frente al mundo, en particular.

“No escribo mis acciones, me escribo yo, mi esencia”.

Entre líneas se intuye cómo Zweig se identificó con este ideal de inmediato. Ambos se formulaban las mismas preguntas y coincidían en las respuestas, como si Montaigne comprendiera la pena y el dolor que en aquel momento, exiliado en Brasil y sin poder pasear por su añorada Europa, sentía Zweig tan intensamente.

Es tan real la cercanía que experimenta mientras redacta esta biografía, que en ocasiones acude al diálogo con su hermano Montaigne, algo sólo posible para un escritor con tal poder de evocación y tal potencia narrativa que los cuatro siglos que los separan no consiguen teñirlo de artimaña literaria.

“¿Por qué te lo tomas tan a pecho? ¿Por qué te dejas provocar y humillar por la locura y la bestialidad de esta época? Al fin y al cabo todo esto sólo llega a rozar tu piel, tu vida externa, no tu yo más íntimo. Lo externo no puede quitarte nada, ni turbarte, mientras tu no te dejes turbar”.

Otras veces, cuando Montaigne no le habla, Zweig, como si fuera un actor del método, lo suplanta, se pone en su piel, se mete en su cabeza. Supone cuáles fueron sus pensamientos, sus influencias, la base de todas sus decisiones. Hacer suyo el empuje con que Montaigne protegió su libertad se convierte en su mayor aspiración.

También él sueña con construir una “Ciudadela”, un lugar de fronteras inexpugnables en donde poder conocerse a sí mismo, indagar en lo interno, en la misma esencia del Yo, donde nada ni nadie puedan rozarle. Un lugar donde poder defender su libertad, su único y verdadero motor intelectual y emocional. Ambos gritan al mundo el mismo mensaje, y su voz resuena a lo largo de los siglos. Todavía hoy se escucha. La libertad define al Hombre y lo convierte en humano, porque “cada hombre comporta la forma entera de la condición humana”, y ésta no se entiende si no es en libertad.

Pero la “Ciudadela” de Zweig tiene grietas. Mientras suplanta a Montaigne para escribir su vida, y también para imitarle y sortear así la profunda pena que lo aflige, no puede eludir la consecuencia filosófica natural de su hallazgo. La protección de su libertad frente a quién la ataca con tanta fiereza sólo puede conseguirse con la muerte. Cuando el fanatismo es más fuerte que nosotros, y nos alcanza, no hay más protección que desaparecer para siempre.

Zweig escucha a Montaigne susurrarle “La vida depende de la voluntad ajena; la muerte de la nuestra”. Si el escritor vienés llegó a Montaigne suplicando ayuda para librarse de las cadenas que atenazaban su propia esencia, lo que encuentra es justamente eso. Comprende que sin libertad no puede seguir viviendo, que no tiene fuerzas para llevar una vida apátrida donde todo es añoranza, y que ante la barbarie que se extiende por su amada Europa, no queda otra batalla que la que tiene por objeto proteger su libertad. No hay lugar ya para un final abierto. No caben suposiciones, sólo certezas.

A la mañana siguiente del 23 de febrero de 1942, cuando encontraron su cuerpo, había una nota de despedida. Sus últimas líneas decían: “Por eso me parece mejor concluir a tiempo y con ánimo sereno una vida para la que el trabajo espiritual siempre fue la alegría más pura y la libertad personal el mayor bien sobre la tierra”. 

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Foto obtenida del periódico “El Mundo”

Yo había leído esta carta de despedida años atrás cuando comencé a interesarme por Zweig. Volví a leerla. De repente me parecía dictada por el propio Montaigne y no pude evitar que mi imaginación volara. Pensé en Zweig, sentado delante de su escritorio, trabajando en Montaigne justo en el instante en que la decisión más difícil se convirtió en la única posible. Y lo inventé añadiendo unas últimas líneas, sólo imaginadas. El final de la historia, donde las dudas se resuelven y la lucha se termina:

“Gracias Montaigne. Por alumbrar el camino más oscuro. Por empujarme a andarlo con firmeza”.

Félix.