Botchan (Natsume Soseki)

Publicado primero en Zenda, bajo el título “Nostalgias de un cínico”. 

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Escribo estas palabras hoy, 9 de diciembre de 2018, aunque no sé cuando saldrán publicadas. Podía haberlas escrito hace un par de días pero me pareció que hacerlo hoy las adornaría de símbolo, y eso es importante.

Natsume Soseki murió exactamente hace 102 años, el 9 de diciembre de 1916. Este intento de reseña de su obra «Botchan», está escrita por un lector lejano, en el tiempo y en más cosas. Un lector occidental que ha tratado de comprender la batalla que, de manera sutil y en primera persona, hizo patente en su obra. Esta lejanía quizá me impida captar todo el mensaje, o quizá sea precisamente lo que me permita hacerlo. No lo tengo claro. Juzguen ustedes mismos.

Entre «Botchan» y Soseki hay escenarios comunes, líneas secantes. Soseki también estuvo destinado como profesor en una provincia a las afueras de Tokio. Y echó de menos su país cuando vivió en Inglaterra, unos años que no catalogó como buena experiencia. Incluso criticó duramente a los escritores ingleses.

Vivió una época (Meiji) de profundos cambios sociales y culturales. La sociedad nipona se abría a occidente. La fractura al acomodarse a la modernidad también se produjo en literatura. Si Japón es sinónimo de elegancia, de discreción, de suavidad, de literatura evocadora, brumosa y envolvente, lo que venía de fuera se entendía como lo contrario: el exilio de lo simbólico, la realidad cruda, presente, sin protección. La vida “a pelo”. Toda la obra de Soseki está herida de lucha por preservar la tradición, la propia esencia.

«Botchan» es un joven, creído y soberbio. Autosuficiente. De su vida se nos cuentan apenas unas semanas, justo cuando chocarán los trenes. Lo antiguo y lo moderno. Lo tradicional y lo actual. El final de la adolescencia y el paso a la edad madura. Quizá porque «Botchan», y en mayor medida las obras posteriores de Soseki, sirvieron de medida y definición de esos profundos cambios, se convirtieron en clásicos de la literatura japonesa; clásicos de verdad, de los que se leen en las escuelas. Ayudó su tono satírico, su lectura fácil, sus escenas cómicas, disparatadas a veces, siempre hilarantes. Y la facilidad con que cualquier joven japonés puede verse reflejado en ese “niño mimado”, impulsivo, tonto, pero de ideas firmes sobre el bien y el mal, que aún siendo mediocre y poco inteligente, se mantiene fiel a lo que él considera la forma correcta de hacer las cosas.

La historia de «Botchan» parece sencilla. Un joven termina sus estudios y consigue una plaza de maestro en un colegio de provincias. Lejos de Tokio, donde siempre ha vivido. Lejos de Kiyo, que siempre le ha cuidado. En esta nueva etapa nadie parece tomarle en serio. Ni sus estudiantes, que se burlan de él, ni sus compañeros de trabajo, conspiradores hipócritas a los que rápidamente pone motes y desprecia. Todo lo externo está corrompido y sólo «Botchan» parece conocer el camino de lo correcto. Aunque siempre duda. ¿Seguir o volver?. ¿Dimitir o perseverar?

«Botchan» esconde esa duda, y la convierte en seguridad. Es puro cinismo lo que caracteriza al personaje y lo que conduce y guía la trama. Todo está invadido por el discurso cínico de su protagonista, y sólo la sátira, la broma y el humor consiguen disminuir su intensidad. Precisamente por esto «Botchan» (1.906) es considerado por algunos como precursora de «El guardián entre el centeno» de J. D. Salinger (1.951). El “yo contra el mundo” es el mismo, aunque en el caso de la obra de Salinger, la lucha de Holden Caulfield era contra la hipocresía y la mediocridad. «Botchan» no se ve a sí mismo como el salvador de nada ni de nadie. Su perplejidad, y su miedo, la originan los cambios, lo nuevo, lo que viene de fuera, lo desconocido. No es una novela instigadora de masas. Pero sí es una novela nostálgica. Una mirada atrás en la huida. Un “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Félix Gutiérrez.

 

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La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo (Mariana Enríquez)

la hermana menorTodo retrato empieza con un boceto. Toda vida se inicia en la infancia. Enríquez toma impulso desde este paralelismo y comienza la biografía de Silvina Ocampo con apenas unos trazos de su niñez, pinceladas esenciales del que será el retrato acabado. «Silvina es secreta».

El secreto en Silvina Ocampo, lo que ocultaba, articula esta biografía escrita por la dueña de lo fantástico en las letras argentinas. Sobre estos trazos inacabados de su personalidad construye Enríquez el recuerdo perdurable de una de las escritoras más singulares del siglo XX. Casada con Adolfo Bioy Casares y amiga cercana de Borges, su obra y su vida fueron un continúo extrañamiento. Se sabía diferente. Quizá por eso, porque la sombra de Bioy y de Borges era demasiado tupida, y también porque tuvo la desgracia de nacer en una familia de la alta sociedad bonaerense, no caló su obra. Nunca le interesó lo que a los demás, porque sus ojos no veían lo que los demás. Era extraña, era diferente o quizá excéntrica, pero con un gusto exquisito; derrochaba delicadeza y fantasía, hasta para lo crudo y descarnado. Fue poeta, pintora y cuentista y sus poemas, dibujos y relatos fueron tan únicos como lo era ella misma.

“[…] una mañana, seis y media, me llama por teléfono y me dice: ‘¿Te desperté?’. Claro que me había despertado. ‘No, le dije, no me despertaste.’ ‘¿Estás solo?’ ‘Sí, estoy solo.’ ‘¿Seguro?’ ‘Sí.’ Silencio. Me dice: ‘Ay, oigo como una respiración de león al lado tuyo’. ‘Ah, claro, le digo, lo que pasa es que hay dos camitas y una persona se quedó a dormir y ronca un poco.’ Silencio. ‘¿Yo conozco a esa persona?’ ‘No, no la conocés.’ ‘¿Qué sexo tiene?’, me pregunta. Y le contesto: ‘Silvina, ¿cómo suponés que a una persona que se queda a dormir en mi casa le voy a preguntar el sexo? Es una descortesía’. Y escucho un aullido de placer ante esa respuesta”.

«La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo» es un desván de entrevistas, cartas y escritos de sus contemporáneos. Partes viejas de un todo renovado, que sirven a Enríquez para construir una vida. Y lo hace de forma completa, no olvida siquiera lo que sólo se dijo, ni tampoco los rumores, ni los gestos. Su personalidad, sus amores y su obra brillan tras quitarles el polvo. Enríquez lo ordena todo, le da fluidez y sentido, arma la pieza, y Silvina, aunque sigue escondiéndose como cuando era una niña, aflora. Sus cuentos y sus poemas elevan la voz tras explicarse el momento en que fueron escritos. Su mensaje se traduce a nuestro idioma al conocer la relación de Silvina con su hermana mayor Victoria Ocampo, editora implacable de la revista Sur; o con su marido, el guapo Bioy Casares; o incluso con el erudito y condescendiente Borges. Ahora sabemos más. Y aunque en su vida personal fue discreta, todo lo que lo puede ser un loco o un excéntrico, una vela en aquel desván difumina la oscuridad y deja entrever algunas sombras. “No soy sociable. Soy íntima”, decía.

En Silvina el amor era el secreto. También en esto fue extraña. Al menos distinta. «Solo quiero que me quieran» testifica Enríquez. Pero su forma de amar, y de que la amasen, también era propia de un universo distinto. Lo perdonó todo al aristocrático e intelectual Bioy. Lo amaba por encima de todas sus fantasías, de su personalidad inquietante. Parece no existir duda de esto y de que su fragilidad era sólo aparente, superficial. Quienes se acercaron un poco más vieron cambiar su mirada y diluirse su media sonrisa. Percibieron el pedernal de que estaban formadas sus convicciones.

Era inevitable que Enríquez, acostumbrada a lo fantástico, a lo desconocido e inquietante, buscara a Silvina. Estaban destinadas a conocerse. Enríquez ha dicho en alguna entrevista que su mayor influencia siempre ha sido Stephen King. Pero también que un escritor a veces no se percata de otras influencias subterráneas que les alcanzan sólo inconscientemente. «La hermana menor» es la crónica de su encuentro en el subsuelo; es lo que vio detrás de las fotos en que Silvina nos retaba a adivinarla. Gracias a ese «encuentro en el más allá», la pequeña Ocampo, la hermana menor, la fantástica, ocupa hoy su lugar. El que siempre le correspondió.

Félix.